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Informe de coyuntura N° 36 | AGOSTO DE 2021

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Desde febrero de este año se puso de manifiesto un cambio de tendencia en la recuperación de la actividad económica que se había registrado después de la aguda contracción que tuvo lugar en abril del año pasado (es decir, en el mes de mayor confinamiento social por la pandemia sanitaria). A tal punto que el nivel de actividad, medido en forma desestacionalizada, se redujo 2,7% entre enero y mayo de 2021. 
Entre las causas del límite que encontró la recuperación económica se encuentran, por un lado, los efectos de la segunda ola del Covid-19 que especialmente afectaron la actividad fundamentalmente en el mes de mayo (prueba de ello es que en junio la industria y la construcción experimentaron una importante recuperación), y, por el otro, las dificultades que exhibe la economía para recomponer los salarios reales y el empleo. 
Al respecto, resulta importante señalar que, independientemente de los objetivos de la política económica, cuando la tasa de desocupación arriba a dos dígitos afecta el nivel del salario real ya que bajo esas circunstancias las organizaciones sindicales y los propios trabajadores y trabajadoras defienden la ocupación de sus respectivas actividades, aminorando sus reclamos salariales. 
Pues bien, en el segundo trimestre de 2021 el salario real de los trabajadores registrados en el sector privado cayó 4,2% respecto a igual período de 2020 y 5,3% respecto a 2019. Así, el poder adquisitivo del salario es 20,1% menor al cuarto trimestre de 2015. 
En escenarios de crisis y desempleo la teoría económica sugiere implementar políticas fiscales, monetarias y de ingresos expansivas de forma tal de romper el círculo vicioso de la crisis y, por medio de una inyección adicional de ingresos, reactivar el consumo y, por consiguiente, la inversión y el empleo. En tal sentido, el balance del primer semestre parece constatar que el gobierno no tuvo como meta prioritaria la de desplegar una política fiscal lo suficientemente expansiva como para revertir el ciclo económico, sino que procuró resolver los profundos desequilibrios económicos generados durante el gobierno de Cambiemos –es decir, una importante recesión económica, un elevado nivel de inflación, un déficit fiscal insostenible por los vencimientos del inédito endeudamiento que consumó, entre otros– y que se profundizaron, con sus más y sus menos, por la inesperada pandemia sanitaria. 
Si se restan los subsidios económicos, que fueron el único componente del gasto indiscutiblemente expansivo, el gasto primario en el primer semestre de 2021 fue prácticamente igual al del mismo período de 2019, es decir, en una situación que expresó el resultado del megaajuste que implementó el gobierno de Cambiemos en el marco del acuerdo con el FMI.
La escasa acción de la política económica para actuar como vehículo de la recuperación parece modificarse de cara a las elecciones de medio término. La asistencia tanto de transferencia de utilidades como de adelantos transitorios del Banco Central al Tesoro Nacional en julio y los primeros días de agosto (340.000 millones de pesos) fue equivalente a la que se había constatado en todo el primer semestre. 
Pese al ruido mediático y los voceros de la ortodoxia económica, cabe señalar que esto ocurre en un contexto en el que el nivel de la base monetaria es ciertamente reducido: en los primeros 7 meses de 2021 fue inferior en términos reales a igual período de 2019 (-3,8%), constituyéndose en el nivel más bajo desde 2004 a pesar de que el tamaño de la economía es 38% superior. No es ese el fundamento principal del alto nivel de aumento de precios que no logra perforar el 3% mensual, sino la variación del tipo de cambio y los precios internacionales de alimentos. La desaceleración de ambos a partir de abril es lo que permitió la reducción del nivel de inflación del 4,1% al 3% mensual de julio.
Este menor ritmo de devaluación no afecta, de todos modos, a la competitividad externa que sigue siendo elevada. El tipo de cambio real multilateral se ubicó en el segundo trimestre de 2021 un 33,9% por encima del cuarto trimestre de 2017, manteniendo la competitividad cambiaria emanada de las devaluaciones que signaron los últimos dos años del gobierno de Cambiemos. A eso hay que agregarle que en el segundo trimestre de este año los términos del intercambio fueron 5,5% superiores y los costos laborales en dólares se mantuvieron 41,9% por debajo del cuarto trimestre de 2017. 
Esto es lo que explica la bonanza del sector externo que la suba de los tipos de cambio paralelos obscurecen. Las exportaciones se ubicaron en el primer semestre en el nivel más elevado de los últimos 7 años, en tanto que el saldo comercial fue superavitario en 6.609 millones de dólares (el más alto de los últimos 10 años con la excepción del atípico 2020). Así, la cuenta corriente del balance cambiario cerró con un superávit de 7.061 millones de dólares en el primer semestre. 



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